Preocupación y miedo
si necesito terapia, es porque estoy mal, soy débil o no puedo resolver mi vida solo

“Voy al fisio porque llevo tres semanas con la espalda cargada”, pero para decir “estoy yendo a terapia” quizá baja la voz y un poco el tono.
¿Por qué consideramos responsabilidad cuidar el cuerpo y debilidad pedir ayuda para cuidar lo que pensamos, sentimos o repetimos?
Existe una contradicción entre cuidar el cuerpo y avergonzarse de cuidar la vida emocional. Es evidente.
Deberíamos cuidar la mente con la misma naturalidad con la que cuidamos el cuerpo.
No esperamos necesariamente a no poder caminar para acudir al fisioterapeuta. Tampoco sería necesario estar emocionalmente destruido para empezar una terapia.
Pedir ayuda profesional no significa que una persona sea incapaz. Significa reconocer que no tiene por qué saber hacerlo todo sola.
«Debería poder solucionarlo yo solo.»
Cuando tenemos una lesión física compleja aceptamos que no conocemos suficientemente bien qué está ocurriendo, qué movimientos pueden empeorarla o qué ejercicios pueden favorecer la recuperación. Por eso buscamos a alguien que tenga conocimientos específicos.
Sin embargo, cuando el problema es emocional, muchas personas consideran que deberían ser capaces de solucionarlo completamente solas.
Es difícil de sostener. Ser una persona autónoma no significa disponer automáticamente de todos los conocimientos necesarios para resolver cualquier dificultad psicológica que podamos experimentar.
Evidentemente, la fisioterapia y la terapia psicológica no son disciplinas equivalentes y el cuerpo y la mente no funcionan exactamente de la misma manera. La comparación es funcional: ambas pueden trabajar con problemas que limitan a una persona y ambas pueden ayudarla a recuperar recursos y capacidades.
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Cuando una persona tiene una molestia persistente nos parece normal ir a un fisioterapeuta. No lo vemos débil, ni que debería resolverlo por sí misma. Entendemos que hay una parte de su cuerpo que necesita cuidados.
Con la salud emocional no sucede lo mismo. La fisioterapia y la terapia pueden trabajar con problemas que limitan a una persona y pueden ayudarla a recuperar capacidades.
Además, una cuestión fundamental: el profesional no puede hacer todo el trabajo por la persona. El fisioterapeuta no puede realizar permanentemente los movimientos por su paciente. Puede evaluar, tratar, enseñar ejercicios y orientar la rehabilitación, pero la recuperación necesita también participación activa. En terapia ocurre algo parecido. El terapeuta no vive nuestra vida ni toma nuestras decisiones. Puede ayudarnos a observar lo que ocurre, comprender determinados patrones y desarrollar herramientas, pero la persona continúa teniendo responsabilidad sobre su propio proceso.
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No nos avergüenza cuidar una rodilla. ¿Por qué debería avergonzarnos cuidar nuestra mente?
Nadie piensa que una persona que va al fisioterapeuta tenga necesariamente una enfermedad grave: una sobrecarga, una lesión antigua, una necesidad de rehabilitación o de prevención. No es necesario un trastorno mental grave para acudir a terapia. Una persona puede trabajar un conflicto, una dificultad emocional, una determinada conducta, una relación problemática o algo que interfiere en su bienestar; acudir porque está atravesando una dificultad, quiere comprender mejor algo que le ocurre, porque determinadas respuestas emocionales le están limitando o porque quiere desarrollar herramientas para vivir diferente.


